Ya no es más el cuento del nunca acabar y desde algo parecido a la distancia se rompen los círculos, se dejan los hábitos y se llora de felicidad; se mira el sol a la cara y hay un minúsculo enfrentamiento que revive tu piel, tus ojos, tus fibras.
¡Qué bello! Los pájaros cantan para mi, el sol me llama a sentir, el rocío alerta, el cielo celeste, sólo celeste e inmenso. La vida vive ¡vive! y ensalsa hasta el último repertorio de cargas, diluye. Sí, diluye.
Y nos enseña que todo es una gran decisión -¿acertada? no siempre- y lo importante es cabalgar, tomar las riendas y proyectarse, al fin proyectarse; saltar al vacío también.
No existen más razones que el miedo.
Deberíamos tomarlo como adevertencia y dejarlo huérfano después.




